viernes, 12 de enero de 2018

¿Dónde está la cara de la luna?

De niña le gustaba observar la luna con los prismáticos de su padre. Con ellos podía identificar perfectamente su rostro, a larga distancia veía dibujados unos ojos, nariz y boca. Como era tan grande la devoción por mirar al astro, en su décimo cumpleaños sus padres le regalaron un telescopio. Por la noche, se acercó con gran expectación al ojo de cristal, y fue terrible lo que vio. Con lágrimas en los ojos, les dijo: “solo se ven agujeros”.

Collage de la artista gráfica Tanja Jeremić


jueves, 11 de enero de 2018

Efecto mariposa

Pestañeó dos veces para decir que si, batiendo el párpado sobre su mejilla, con la misma delicadeza que movió las alas aquella mariposa.
Veinte años antes, en otro lugar, un insecto en apariencia insignificante, revoloteó frente a su rostro formando círculos. Solo fueron unos minutos. Tiempo suficiente para que ella pudiera imaginar como sería su primer beso.


Autora: Ana Pascual Pérez

martes, 9 de enero de 2018

Su primera función


No sabía por qué no podía parar de reír, si ni siquiera entendía lo que decían sus compañeros. Por un momento, recordó la mueca tan grotesca que adoptaba su rostro cuando reía a carcajadas, pero esta vez le dio igual.
- Vamos, tómate una más,- insistía su contramaestre.
- Estoy ya mareado…
- Venga, que lo vamos a pasar muy bien. Verás qué risa.
Y el muchacho animado por su superior, se bebió de un trago otra jarra de cerveza que tuvo que agarrar con las dos manos. Buena parte del líquido se le escapó por las comisuras, empapándole la ropa.
- ¡Chico! No desperdicies así la cerveza.- Le gritó su superior.
- Lo siento, es que no puedo beber tan rápido, jefe.
- Claro, con esa boca de rape que tienes…

Todos se rieron, incluso él mismo. Las risas fueron acompañadas con golpes en las mesas, sonoros eructos, y en su caso, con una extraña sensación como de abandono del propio cuerpo, que de repente sintió muy pesado y torpe.
Cuando despertó no supo dónde estaba, hasta que su mirada se topó con los números fluorescentes del despertador. No pudo recordar mucho, le venía a la cabeza su propia imagen riendo y bebiendo. Recordó estar con gente muy rara, una especie de escenario, y aplausos; nada parecía tener sentido. Se apretó la cabeza con las manos, para tratar de calmar el dolor, y ahuyentar los recuerdos inconexos que aparecían en su memoria como fogonazos. Dudó unos minutos entre volver bajo las mantas y maldecirse o bajar a desayunar. Volvió a mirar el despertador, no le quedaba mucho tiempo.
- Buenos días. Desayuno y me voy, que zarpamos en una hora.
- ¿En qué barco?- Preguntó su padre, sin levantar la mirada de la taza de café.
- Cómo que…, pues en El Tritón.
-Salió ayer a las seis y media de la mañana.
Ninguno de los tres dijo nada más aquel día en que el marinero no subió al barco, eso fue lo peor para él, el silencio y las miradas esquivas de sus padres. Tenía claro que no volvería a fiarse del contramaestre nunca más, salvo cuando le diera órdenes a bordo. Ese hombre no hizo más que confundirle y marearle, tanto o más que el alcohol.
A mediodía se sintió con fuerzas para ir a dar una vuelta, le vendría bien tomar el aire fresco, y encarar el día como mejor podía hacerlo, caminando. Dejándose llevar entre las callejuelas del barrio portuario, reconociendo voces y olores que le eran familiares y cotidianos.
Fue todo el camino mirando al suelo, como solía andar. Alzando la vista lo justo para poder esquivar a los viandantes, pero como siempre no pudo evitar tropezarse con alguno. A la altura de sus ojos vio unos palos, levantó la mirada y se quedó boquiabierto, porque sobre los maderos había un hombre que iba pegando carteles en las fachadas.
- Buen día, muchacho ¿estás bien? Pásate cuando quieras y hablamos. – parecía amable.
- ¿Me conoce?
- Claro que si,- dijo, haciendo una reverencia. – Ayer estuviste genial.- El zancudo siguió su camino calle abajo.
El chico se esforzó por recordar, pero no consiguió poner orden. Se quedó mirando uno de los carteles donde podían verse distintos personajes fotografiados y catalogados según sus habilidades y virtudes innatas. Había un hombre que también tenía la cara deformada, y se hacía llamar “Eliot, el hombre elefante”. Junto a él una chica muy delgada con el cuerpo vuelto del revés y plegada sobre si misma por la cintura. Varios payasos haciendo muecas, un mago con un extraño artilugio, y una señora mofletuda que presumía de tener los pechos más grandes del mundo; en letras doradas se anunciaba el segundo día de función. El muchacho respiró hondo y sonrío…, en su cabeza pudo escuchar los fervientes aplausos del día anterior.


Autora: Ana Pascual Pérez

lunes, 1 de enero de 2018

Primero, segundo... uno detrás de otro.

El primero fue Pablo…, nos contó en el recreo, que había visto a Fernando varias veces, y tenía miedo. No le creímos, claro. Sabíamos de buena tinta, que su primo pequeño estaba muerto. Ninguno del grupo le hizo caso, hasta que yo mismo empecé a ver en el garaje al perro del vecino, el mismo que matamos hace dos meses. Después Sergio dijo, que encontraba a la ninfa de su abuelo revoloteando en el techo de su habitación, y Jorge nos contó que la cobaya de su hermana le esperaba en el ascensor… aunque hubo algunas risas, en el fondo todos estábamos un poco asustados.
Hace unos días que desapareció Pablo, pero ha sido hoy cuando hemos sentido verdadero miedo. La policía ha encontrado a nuestro amigo, y hemos podido leer en el periódico que, junto a su cuerpo había huellas de otro niño más pequeño, y también huellas de animales que todavía no saben a qué especies pertenecen.


Autora: Ana Pascual Pérez

Costumbres de otros mundos

Me di cuenta un martes, que no había regresado a mi casa; todavía no entiendo como pude errar en las coordenadas. Llevaba allí desde el domingo, llamando "pamá" y "mapá" a dos seres que se hicieron pasar por mis padres. Todo estaba muy cambiado, pero era normal, siempre noto rarezas cuando estoy fuera tanto tiempo. Ellos se esforzaron mucho por aparentar normalidad, sobre todo con los disfraces, y me trataron con cariño en todo momento... hasta el martes. Ese día, en mi casa, la de verdad, siempre comemos perro.


Autora: Ana Pascual Pérez

Qué fea es la culpa


Para salir más guapas, las gemelas decidieron que era imprescindible, que no apareciese en la foto la hermana pequeña, a la que la herencia genética había privado de sus dulces rasgos. Después, les falto valor para mirar a la cámara, y sonreír.

Autora: Ana Pascual Pérez

viernes, 29 de diciembre de 2017

El origen.


Tras varios años de investigación, el paleontólogo da por finalizada su tesis sobre el origen de la especie humana. Según sus estudios, sitúa a nuestros ancestros en la sabana africana, tras haber descendido de las ramas de los árboles. El paso de primate a homo sucedió en tierra firme.

El día que expone la tesis, no puede evitar llorar emocionado ante todos sus colegas de profesión. Y en un momento tan decisivo como placentero, el estudioso se cuestiona lo que él mismo acaba de afirmar, al degustar el sabor de sus lágrimas… “¿y si el origen estuviera en el mar? Las lágrimas, nuestra sangre, el líquido amniótico… somos agua y sal. Somos mar.


Autora: Ana Pascual Pérez