jueves, 7 de junio de 2018

Alegaciones


Prefiero las ratas a los insectos pero, tú ya lo sabías, hermano; por eso no sé cómo pudiste… Las ratas no me causan la repugnancia que siento al ver una cucaracha. Sé qué comen, como se reproducen; amamantan a sus crías, no son tan ajenas a nosotros. Pero los insectos… En sus orígenes no son más que larvas pegajosas, que aparecen en cuanto algo empieza a pudrirse. De ahí nacen esos bichos, de lo descompuesto. Por eso quiero que entiendas que, no puedo. Ojalá te hubieras despertado convertido en una rata de setenta kilos. ¡Te juro por Dios, Gregorio, que todo habría sido distinto!.

Autora: Ana Pascual Pérez

martes, 6 de marzo de 2018

Diecisiete pescaditos de oro


Creyeron que la guerra había acabado cuando la casa de los Buendía se llenó de Aurelianos. Entonces supieron que el coronel había propagado la vida a diestro y siniestro, en tiempos de muerte y penurias. Uno a uno fueron llegando, en brazos de sus respectivas madres y la abuela Úrsula, para no perder la cuenta, anotó sus nombres junto a un número ordinal, completando la lista con algún rasgo característico de cada niño; lunares, manchas de nacimiento, color de ojos…, y también alguna que otra intuición suya sobre el carácter del niño.

Entre todo aquel alboroto, nadie fue capaz de presagiar que los diecisiete niños quedarían marcados como hijos del coronel, y solo por esa marca maldita se les reconocería. Tampoco sospecharon que la guerra no había terminado todavía; se prolongaría unos años más. Una guerra sucia, librada entre las sombras, recelosa y vengativa, que no pararía hasta acabar con el último vástago del coronel Aureliano Buendía.

Autora: Ana Pascual Pérez

sábado, 24 de febrero de 2018

Celebración de la perseverancia


Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado y el padre pensó, que ya había transcurrido tiempo suficiente para que su hijo hubiera superado aquella mala experiencia.

Como solía hacer en los actos importantes, le invitó a sentarse a su derecha y poniendo la voz grave proclamó que, en breve su vástago iniciaría la primera reencarnación.

Un nudo en la garganta impidió al joven manifestar su voluntad. El padre le tomó entre sus brazos y con su habitual tono de voz, le dijo:
- No te aflijas, hijo mío. Esta vez será distinto..., ahora utilizan otros métodos.

Autora: Ana Pascual Pérez

domingo, 4 de febrero de 2018

Todo listo para envolverle



Los rincones de la casa, ya desmantelada, se habían llenado de figuras geométricas tejidas con finísimos hilos de seda blanca... Se entretuvo unos minutos, intentando imaginar a la diminuta criatura haciendo todo aquello en solitario. Tejiendo día tras día, sin descanso, hasta terminar la red. Después a esperar, balanceándose juguetona en la tela, hasta que alguna presa cayera en su trampa.
Consultó la hora en su reloj; no tardaría en llegar el agente inmobiliario. Lo tenía todo preparado: la escritura, los recibos. También había ventilado la casa y llevaba puesto el vestido de riguroso luto. De la manga izquierda sobresalía una hebra de seda.


Autora: Ana Pascual Pérez


Carlos III, solera reserva.


Llevo tres mudanzas y en cada una de ellas he perdido algo. Objetos que en principio no echo en falta, hasta que la costumbre me lleva a ellos. Esta vez olvidé una botella y no una cualquiera, porque ésta contenía a mi padre.
Cada vez que la abría, viajaba a su lado. El aroma del brandy me llevaba hasta él, en el momento en que  balanceaba la copa en su mano, y un olor a madera y a fruta invadía el salón. Le recordaba preciso sirviendo el licor; me divertía ver cómo tumbaba la copa y dejaba el líquido suspendido en el borde…
Arropado en la calidez de su cuerpo y acariciado por su dulce aliento, me dejaba vencer por el sueño y la ensoñación.


Autora: Ana Pascual Pérez

lunes, 22 de enero de 2018

Tiempos modernos.


Ya recogerían la mesa más tarde, cuando los niños estuvieran durmiendo, porque bastante tenían con poner la lavadora, que les costaba lo suyo... El mayor, en edad rebelde, no quería entrar; claro, él ya no se lo tomaba como un juego.
Pero ahí no acababan... al terminar el programa de lavado rápido tenían que tenderlos sobre las camas, con los uniformes puestos, repeinados y bien estiraditos, evitando que se arrugasen. Al día siguiente, como muchos otros padres, no iban a tener tiempo para planchar a los niños.

Autora: Ana Pascual Pérez

viernes, 19 de enero de 2018

Desencuentro


Conoció a Fernando en el segundo año de carrera; se vieron durante una gincana organizada en el último mes del curso. Lo que ella percibió como una casualidad, en realidad fue un plan premeditado por él. Ya le había echado el ojo, y esperó pacienzudo la ocasión perfecta para coincidir como por azar. Varias veces se dejó caer en la carrera de sacos, para poder cruzar la meta junto a Mayte. Al final lo consiguió, ese día ambos celebraron haber sido los últimos, y rieron mucho sabiéndose más torpes que el resto.

Fue él quien no paró de hablar, tal vez agitado por los nervios del primer encuentro. Para impresionarla le contó que pertenecía al grupo "Emocionarte". Le explicó que todos los domingos hacían una “performance“ en la plaza del barrio viejo.

- Cada uno aporta lo suyo, Vicente suele hacer malabares con el fuego, Carmen es equilibrista, Javi maneja las mazas y la kendama, y yo... bueno, lo mío es algo más sencillo; hago pompas de jabón gigantes – Fernando observó un brillo especial en la mirada de Mayte.– Qué carita me pones... ¿te gustaría unirte? ¿qué sabes hacer? 

Mayte parecía muy contenta por la invitación, sólo había un inconveniente, y es que necesitaba tener alguna habilidad relacionada con el mundo del espectáculo.


- ¿Yo? Bueno, lo mío tampoco es algo extraordinario... ¡globoflexia!- dijo, sin pensar.
- Ah, pues muy bien. A los niños les encantará... - Ella bajó la mirada. - No te preocupes, si son todos muy majos, ya verás.


A partir de ese momento ella empezó a agobiarse y sintió la urgencia de volver a su casa. De regreso pasó por el supermercado chino, compró tres bolsas de globos y un hinchador. Lo primero que hizo cuando llegó a su habitación fue encender el ordenador, y buscar en YouTube un tutorial. Encontró de todo, pero no le servía cualquier cosa, buscaba algo original, nada de flores o espadas. Dos videos llamaron su atención: "cómo hacer un perrito caniche con globos" y "cómo hacer una bruja en escoba simple“; fue la palabra "simple" lo que la embaucó y apostó por el segundo. Ya se imaginaba en el centro de la plaza, haciendo brujas montadas en escobas para todos los niños..., y cómo la miraría Fernando.


El video sólo duraba ocho minutos, sin embargo, ella estuvo hinchando y retorciendo globos frente a la pantalla durante una hora. Al principio, le pareció que el chico del tutorial era agradable, incluso le vio cierto parecido a Fernando. En la segunda media hora, ya se había aprendido el diálogo y lo iba diciendo entre dientes, mientras retorcía los globos con cierto ensañamiento. 

Aun así siguió practicando frente al espejo, sabiendo que para la puesta en escena también debía cuidar su expresión corporal. Cogió el hinchador con delicadeza y lo movió lentamente. Observando su reflejo, consideró el movimiento algo obsceno y probó a hacerlo más rápido... De poco sirvió, lo mejor sería llevar ya los globos hinchados desde casa. Si es que al final se decidía a hacerlo.

Con su mano izquierda delimitaba el largo en el globo y la derecha se encargaba del estrangulamiento de la goma. Miró con desánimo sus movimientos forzados y su permanente expresión de esfuerzo. “Cuatro dedos, doblo; dos burbujas de dos dedos, un giro más; y ahora hacer dos orejas de oso, que no es otra cosa que retorcer aún más lo que ya está a punto de estallar“.


Se animó al ver que había conseguido hacer la cabeza de la bruja, o al menos eso era lo que los niños debían ver en aquel enredo, y se hundió al observar su reflejo. Estaba roja, y sudando.

Le hubiera gustado sonréir al público imaginario, pero no pudo. Supo que todos adivinarían su torpeza, alguien reconocería en sus ademanes una fobia infantil no superada del todo. Los aplausos serían escasos y desacompasados. Nadie, absolutamente nadie, valoraría su esfuerzo.
“La verdad es que Fernando... tampoco me gusta tanto“ pensó, y dejó la cabeza de la bruja en un rincón de su habitación, deseando que no tardara mucho tiempo en perder todo el aire.