viernes, 29 de diciembre de 2017

El origen.


Tras varios años de investigación, el paleontólogo da por finalizada su tesis sobre el origen de la especie humana. Según sus estudios, sitúa a nuestros ancestros en la sabana africana, tras haber descendido de las ramas de los árboles. El paso de primate a homo sucedió en tierra firme.

El día que expone la tesis, no puede evitar llorar emocionado ante todos sus colegas de profesión. Y en un momento tan decisivo como placentero, el estudioso se cuestiona lo que él mismo acaba de afirmar, al degustar el sabor de sus lágrimas… “¿y si el origen estuviera en el mar? Las lágrimas, nuestra sangre, el líquido amniótico… somos agua y sal. Somos mar.


Autora: Ana Pascual Pérez

“Ritorno” al umami.


No fue consciente de que lo había encontrado hasta que los comensales dejaron escapar un leve suspiro, y cerraron los ojos para entregarse de lleno al sabor de la salsa.
- ¡Bravo, Paolino!- repitieron casi al unísono, incluso hubo aplausos. Él paladeó el éxito y se inclinó agradecido, como un actor que es ovacionado después de la función.

Llevaba tiempo buscando ese quinto sabor entre la cocina de fusión y la experimental. Harto ya de devanarse los sesos, esta vez optó por los ingredientes más básicos (tomates, anchoas y parmesano). Aquellos que seleccionaba su “mamma” con tanto cuidado, al tiempo que tarareaba una canción de Umberto Tozzi. Los mismos que mezclaba después en la cocina junto a su padre, entre risas y abrazos, mientras la prole jugaba “al calcio” en el patio…

En su “ristorante” volvió a escuchar ese sonido exento de vocales, similar al mugido de una vaca, pero mucho más placentero. El mismo “mmmm” que dejaban escapar él y sus hermanos mientras la salsa se habría paso en sus bocas, envolviendo sus lenguas, inundando los paladares de “semplici e deliziosi piaceri”.


Autora: Ana Pascual Pérez

La suerte es efímera


Una vez muerto el emperador, su catador de venenos supo que podía abandonar aquel desmerecido y arriesgado oficio. Después de mucho tiempo, Haloto se sintió libre. Cegado por la emoción, y sin pensar demasiado en la resaca, decidió celebrar su buena suerte, bebiéndose toda la jarra de vino y comiendo aquellas exquisiteces nacidas de la tierra, con las que tanto disfrutaba Tiberio Claudio César Augusto.

Cuando el sabor amargo impregnó sus papilas y las fosas nasales, recordó las palabras que le decía su madre cuando era un chico: “Haloto, hijo mío, qué bruto eres”.

Autora: Ana Pascual Pérez.

LOS VIERNES SON DE DULCE.


Mientras repasa mentalmente los preparativos, escucha el ruido del viejo citröen bajando la cuesta, oye al hijo del vecino despidiendo a su marido, como cada viernes, a la misma hora, la misma frase…

- Qué pase un buen día señor Iturralde, ¡recuerdos a su señora!, - dice alzando la voz, y dando dos toques al timbre de su bicicleta.

Desde ese momento y hasta que su marido regresa, el ritmo vital de la señora Azcuénaga es frenético.

En la mesa de la cocina esparce la harina, pone el chocolate a fuego lento y empieza a elaborar la crema pastelera (por si llama alguien más golosillo de lo habitual). Lo tiene todo listo para una primera hornada.

Lo siguiente que hace es comprobar que han publicado su anuncio en el diario local. “Si te gusta el chocolate, si te pirra el dulce, llámame, y repetirás. Todo natural y tradicional, como lo hacían nuestras abuelas. Encargos en 943324456, preguntar por Dulce”. Ahí está, tal y como lo había pedido, con letra Comic Sans y en colores pastel. Después amasa con amor, y mientras tanto va probando el chocolate, a ver qué tal le ha salido. Primero a poquitos, pero como siempre, termina rebañando el cazo.

Normalmente empieza a sonar el teléfono a las once, después para, y a partir de la una y media, las llamadas se suceden. Un día a la semana, Dulce Azcuénaga se vuelca en lo que es su verdadera vocación; prepara unas deliciosas magdalenas rellenas de chocolate, que saben a gloria. Y a veces, no sabe si movida por el entusiasmo de los clientes hacia su repostería o por alguna otra razón que escapa a su lógica, invita a alguno a comer sus creaciones con verdadera pasión, y así se endulza el día.
Al final de la jornada, el aroma a chocolate impregna toda la cocina, también la ropa de Dulce, y su piel. Antes de que el señor Iturralde vuelva, deja junto al porche del vecino una docena de sus deliciosos postres. El niño apenas tarda segundos en cobrar por su silencio. Después, la señora Azcuénaga regresa a casa, y se prepara... En breve, escuchará el motor del citröen subiendo la cuesta.

Autora: Ana Pascual Pérez.

Epitafio


Llegaba tarde a todas partes. De la comida, alcanzaba sólo a probar los postres. De las películas, los finales. Hacía esperar a su destino, y desbarataba el de unos cuantos. Así podría resumirse su paso a destiempo por esta vida. Estoy segura de que le habría gustado este epitafio, le habría hecho reír…

Se partiría de risa, si supiera que hace meses celebramos su misa de sepelio, y hoy le hemos esperado para pedir los postres y el café.




Autora: Ana Pascual Pérez.
Frase de inicio: "Elogio de la impuntualidad" de Fernando León de Aranoa.

Ayer quise decirte...




Llegaba tarde a todas partes. De la comida, alcanzaba sólo a probar los postres. De las películas, los finales. Hacía esperar al destino, y desbarataba el de unos cuantos… sobre todo el tuyo.


Hubo un tiempo en el que ambos encontrábamos sabrosa la sopa fría, tostábamos el pan duro y lo comíamos con gusto; disfrutábamos apurando el último cigarrillo. Luego, la impuntualidad en todas las cosas nos fue alejando. En ese tiempo no era más que una voz apresurada o un mensaje de texto, que se disculpaba a todas horas. Creo que nunca llegamos a convivir, tenías razón. Pocas veces coincidimos en una misma dimensión en espacio y tiempo.

Creía que ya te había olvidado, pero no, una parte de mi pasado todavía sigue echándote de menos. Y ahora por mucho que corra y adelante todos los relojes… nada.

Ayer supe que ya no llego a alcanzarte.


Autora: Ana Pascual Pérez.
Frase de inicio: "Elogio de la impuntualidad" de Fernando León de Aranoa

Dulces sueños


Sin que nadie la vea, la niña de la melena formidable va hasta el pozo y se zambulle. Mientras su cuerpo desciende, los mechones de pelo se elevan y bailan en el agua, como culebras. No abre los ojos, pero sabe que todo está oscuro, como la boca de un lobo. Siente el agua como un líquido espeso y viscoso, en el que sobreviven pequeñas formas de vida marginadas por la naturaleza. Algunas le rozan, otras muerden sus tobillos, y la más grande de todas, araña como un gato salvaje.

Le araña los brazos, empujándola hacia abajo. La niña se pellizca la nariz con fuerza, evitando que escape el aire. Agita sus piernas con torpeza, también la mano que le queda libre, y en un movimiento topa con algo que aga.
rra con fuerza. Es otra mano, no más grande que la suya… La suelta aterrada, con asco. Percibe el sabor de la cena subiendo por su esófago, cuando nota que se han desprendido algunos dedos, y se deshacen entre su mano.

Una voz femenina la eleva con vigor hasta la superficie, sin tiempo para una adecuada descompresión. La niña observa a su madre con la mirada perdida, ensimismada, mientras sigue enrollando uno de sus rizos al dedo índice.
- Anda, deja de hacer eso, que luego te despiertas con todo el pelo enmarañado.

La nena se acaricia la melena, respira hondo y lanza el libro hacia los pies de la cama. Piensa que desde ahí ya no podrá arañarla.


Autora: Ana Pascual Pérez
Frase de inicio: "Secretos I" de Isabel Wagemann.

Tener siete vidas, como los gatos


La mosca revolotea sin demasiada vitalidad en el cuarto de baño, intentando recomponerse. Algo parecido al zarpazo de un león la ha lanzado contra los azulejos, y ahora ya no sabe... La frase se repite dentro de su cabeza como un mantra, insistente y molesto, colaborando aún más al desconcierto.
Aun así, no piensa que haya sido mala idea lanzarse en picado hacia el lavabo, a la caza de la pestaña que había dejado olvidada la humana. Le había visto hacerlo con los niños. Siempre sonreían cuando el pelillo desaparecía de un soplido, como por arte de magia.
Intentó soplar varias veces, sin éxito. Hasta que se le ocurrió formar un torbellino moviendo con frenesí sus diminutas alas, provocando un leve zumbido.


Autora: Ana Pascual Pérez.
Frase de inicio: "Mosca" de José María Merino.

Ya es del mar


Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado hasta aquí sin miedo. Ella está de puntillas, él a dos patas. Esperan al monstruo, ese al que algunos respetan y otros temen. El que engulle los espigones y embiste el faro, el mismo que devoró barcos hace una semana.

Ella grita con fuerza su nombre, aguantando con rabia las ganas de llorar, y él ladra sin saber muy bien a qué o a quién.

Necesita verle cara a cara para reclamarle lo que se llevó, lo que es suyo.
Pero el monstruo remolonea, y el marinero no aparece.




Autora: Ana Pascual Pérez.
Frase de inicio: "La extranjera" de Nuria Amat.

Rematado


El incómodo cadáver del mediador familiar se moría un poco más, cada jueves a las cinco y media de la tarde. No podía evitar descomponerse, cuando veía a Doña Irene guiando a su hijo al interior del despacho, alternando improperios y collejas.
Inmóvil en su sillón de piel cuarteada, trataba de aparentar entereza, pero en su interior se sentía exánime. De nuevo barajaba la opción que llevaba meses dilatando: acudir él mismo a un terapeuta. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, pues la frustración ya desprendía un hedor insoportable.

Extraviado


Deja unos puntos suspensivos en todas las frases que le dice sin mirarle a los ojos…, por vergüenza. Ella los sigue como si fueran miguitas de pan, y completa con palabras propias los caminos que él ha ido olvidando.

martes, 28 de marzo de 2017

COMO LOS GORRIONES



Truls Espedal "Robin".


A Pedro le cae bien, incluso le parece guapa, pero no puede decírselo a nadie, porque si lo supieran también se reirían de él. Solo lo sabe su madre, quién le alienta y tranquiliza; “si es eso lo que quieres, hazlo. Que no te importe lo que piensen los demás”.
Esta mañana mientras se lavaba los dientes frente al espejo, se ha observado y se ha sentido mayor. No tanto como sus padres, pero sí como su primo Elio, al que ya le dejan ir solo al cine. Con la boca llena de espuma blanca ha verbalizado su deseo.
En el tiempo de recreo, después del comedor, Pedro huye de nuevo del bullicio del patio; sabe donde encontrarla. Está sentada frente a la verja que linda con el parque, porque a Sara le gusta observar el ir y venir de los gorriones entre las ramas de las jacarandas. Se asusta cuando el niño se sienta a su lado. Empieza a balancear su cuerpo hacia atrás y hacia adelante, sin mirarle en ningún momento, hasta que se calma y se siente segura de nuevo.
Pasan un buen rato mirando a los pájaros, en silencio. Es entretenido verlos, hay uno posado en una rama, acicalándose el plumaje, de repente llega otro y se posa a su lado manteniendo una distancia prudente. Poco a poco se va aproximando, dando saltitos milimétricos; al tercer movimiento el que estaba distraído con sus plumas se percata del acercamiento y sale volando. Pedro aparta la vista de los gorriones cuando Sara se levanta; la ve caminando a paso rápido hacia el punto rojo donde forman la fila, le gusta ser la primera… Él sabe que le llevará tiempo, que tiene que acercarse a ella con cuidado.
Autora: Ana Pascual Pérez.

lunes, 20 de marzo de 2017

ESTE CIRCO NO ESTÁ EN VENTA


"Habitación de hotel" de Edward Hopper.




Desde que recibí la carta la habré leído unas quince veces, y sigo sin creer lo que dice el abogado. Si estoy aquí es por Gustavo, que insistió: "vete a ver de qué se trata, siempre se puede vender o traspasar como cualquier negocio”.
Yo nunca he heredado nada, bueno si, unos pendientes de mi abuela materna y las alianzas de mis padres. Pero esto, esto debe ser un error, porque yo a este señor no le conozco de nada. Y además, qué podría hacer yo con un circo. Si a mis hijas les asustan los payasos, y Gustavo es alérgico al pelo de los animales.
Yo tampoco me veo montada en un elefante, o peor aún, acostada sobre la arena para que sortee mi cuerpo con sus enormes patas. Luego está el olor a tigre, el oso que bebe cerveza, que me da mucha pena… Tampoco me veo haciendo malabares (soy muy torpe) ni trucos de magia. Y mucho menos lanzando cuchillos al pobre Gustavo (que no tiene muchos reflejos) o escupiendo fuego… lo que no me importaría sería aprender a utilizar el trapecio. Todavía estoy en buena forma, Gustavo siempre me lo dice.
Me compraría un maillot de color blanco, de esos que llevan cristalitos de swarovski. Utilizaría dos trapecios; volaría de uno a otro, haciendo piruetas en el aire. Al principio con red de seguridad, pero con el tiempo sin ella, para darle más emoción. Para sentir corretear la adrenalina por todo mi cuerpo. Sería la estrella, la gran atracción, junto con el domador de tigres, que no sería Gustavo, porque odia a los animales. Y este hombre fornido (el domador) me observaría desde la pista boquiabierto. Yo volaría de un trapecio a otro, seguida por un cañón de luz que haría brillar los swarovskis, y por un instante parecería una estrella fugaz.


martes, 7 de marzo de 2017

TÚ INSPIRA Y, PIDE PERDÓN.

“Cerró los ojos y apagó las velas” cinco veces. La cera mezclada con el chocolate, estaba dejando ciega a la dulce Kitty. Se propuso soplar con todas sus fuerzas, cansada ya de los flashes y del “no pongas caras feas”. Cogió aire y… lo dejó salir junto con la rabia acumulada en dos añitos.

Cuando abrió los ojos estaba mareada y sola. Descubrió un superviviente; su primo, que quedó enredado en las cuerdas de tender. Juntos observaron la espiral de viento, virando con brusquedad hacia el parking. Berto, que era cuatro años mayor, le explicó… Ella decidió que antes se comerían la tarta sin utilizar los cubiertos.

OJALÁ, UNA MÁQUINA PARA VIAJAR EN EL TIEMPO


Las vecinas de la calle Veintisiete todavía comentan aquella historia, de la que tan solo conservan unos cuantos chismorreos. Parece que discuten mas que narren un hecho, y es que todas quieren aportar su versión a un recuerdo que ya les cuesta trabajo evocar por el paso del tiempo. A veces dudo, si fue cierta o inventada, pues cada vez que la cuentan omiten o añaden detalles nuevos. Todas quieren hablar a la vez y a mí me toca hacer de moderadora. Mi abuela, que hoy es la anfitriona, espera paciente su turno.

Me enternece escucharla y ver cómo le brillan los ojos cuando cuenta su versión de la historia de amor entre la modista y el gondolero. Parece que el resto de mujeres no recuerdan así la historia, y regresan todavía más entregadas al eterno debate. Por un instante, mi abuela y yo nos quedamos absortas, liadas con nuestros pensamientos: “Ojalá pudiera revivir aquellos momentos”; “me encantaría conocer la verdadera historia”. Las dos ensimismadas, con la mirada fija en el viejo sombrero de paja que hay colgado en el perchero.
"Morning in Venice" de Richard S. Johnson

REMORDIMIENTO


No me extraña nada que llueva de esta manera. Recuerdo que la semana pasada hizo un día de mucho calor; inusual para esta época del año y, claro, ahora esta tromba de agua repentina. Ese día, hasta la capa y el tricornio me molestaban. No sabes, qué ganas tenía de volver a casa contigo, pero se nos complicó la mañana por aquel asunto.
Al principio lo negó todo cuando, a simple vista, era evidente lo que había sucedido; sólo había que ver cómo estaba el marido. Dos horas estuvimos interrogándola, hasta que aceptó su suerte. Cuando salimos del cuartel el compañero me dijo que había algo raro en todo aquello y, ahora que lo pienso, no sé... tal vez la presionamos, pero es que hacía mucho calor, cariño, y yo tenía unas ganas tremendas de llegar a casa para poder quitarme el uniforme.
La verdad, no me sorprende nada esta tormenta, que parece que se nos vaya a caer el cielo encima. Solo espero que deje de llover algún día.
"Otra Margarita" de Joaquin Sorolla

SIN LUZ



La casa del artista no estaba como la última vez que la visitó, hace ya algunos años. A punto estuvo de dar media vuelta, pues sintió que poco tendría que hacer allí. Un leve latido que provenía de alguna habitación, le invitó a entrar y condujo sus pasos por el pasillo en penumbra hasta el estudio.


Se acercó a él y ofreció sus condiciones para elaborar un retrato: sin luz, sin tacto, sólo palabras, y él estuvo de acuerdo. Las manos del pintor empezaron a trabajar, mientras ella, según lo acordado, respondía con sinceridad a las cuestiones que le hacía, para que el resultado del retrato fuera veraz.

Pasado un tiempo, el artista dio por terminado el encargo y descorrió las cortinas. La luz entró con tanta fuerza que ambos tuvieron que cerrar los ojos… Mientras él luchaba por contener el desaliento, pudo verla… Sonreía gustosa, al no reconocerse en aquel rostro angelical.



Pintora: Liu Yaming – Cuaderno de retazos