martes, 18 de octubre de 2016

PACO CORTINA


Su punto fuerte nunca fue la obediencia, sino algo mucho mejor, que en los primeros años de vida nos costó ver. Pero con el paso del tiempo, supimos valorar su nobleza y olvidar todos los destrozos materiales que había hecho.

Era bueno y divertido a más no poder, efusivo; fue el eterno cachorro que siempre estaba dispuesto a iniciar el juego. Siempre saludaba poniéndose a dos patas y fundiéndose en un cariñoso abrazo. No necesitó  una caricia para mover alegre su cola, le bastaba un cruce de miradas. Era paciente con los niños, y los buscaba porque en ellos encontraba a los perfectos compañeros de juego.

Pocas veces pudimos pasear con él sin llevarlo atado con correa, únicamente en campo abierto, donde no hubiera nadie a quién saludar. Siempre fue a dos metros por delante de nosotros, o sea, a todo lo que daba de sí la correa extensible, y tirando con la misma fuerza que  una pareja de bueyes. Sólo anduvo pegado a mí cuando estaba embarazada, ¡y menos mal!. Tampoco era muy valiente… le daba miedo el sonido de las pedorretas.

Todavía recordamos entre risas cuando le escuchamos decir perfectamente la palabra “euro” mientras bostezaba, eso fue antes de la crisis… no volvió a decir nada más.  Siempre se hizo un lío con las cortinas, al tratar de apartarlas cuando le apetecía mirar por la ventana. Por este motivo Aitana le puso el apellido de “Cortina”.

Le hablaba a diario, sin importarme que no alcanzara a comprender todo lo que le decía. Casi siempre fueron frases cortas, pero otras, verdaderas parrafadas que le hacían ladear la cabeza y mirarme muy atento. Habrá quien piense que es una locura hablarle a un perro. Pudiera ser…, nunca me lo cuestioné, porque la plática me resultaba tan agradable, que hubiera sido una insensatez dejar de hacerlo.

La última vez que hablé con él fue para disculparme por no haber estado a veces a la altura, y para agradecerle todo lo que me había dado. Por última vez, me senté en el suelo a su lado y dejé que mis manos se perdieran entre su pelaje. Mientras reía y lloraba a la vez, fui recordando todas sus genialidades y rarezas; vivencias que para mí son adorables.

Nunca tuvo un mal día, ni un mal gesto. Ha sido compañero, una caja de sorpresas, tremenda suerte…, y sin duda, un gran fabricante de sonrisas y afecto.

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