martes, 18 de octubre de 2016

POBRE SR. EDWARD


Anoche me acorde del Sr. Edward, fue viendo uno de esos documentales del National Geographic que echan de madrugada. Recordé la última vez que lo vi, estaba tumbado en el asiento trasero del auto del Sr. Adams, también recuerdo lo que lloramos todos cuando se marchó del barrio.
Llevo una semana muy mala sin poder dormir… Alice y yo no estamos bien; dice que ahora que me conoce un poco más, le parezco un tipo raro. Esta mañana para empatizar con ella le he contado la historia de Edward. Entre bocado y bocado a la tostada, he ido desvelándole poco a poco ese episodio de mi infancia; manteniendo el suspense, como a ella le gusta. Casi al final del relato Alice ha dejado de comer y se le han llenado los ojos de lágrimas. Yo también he llorado, no sé si por lo mismo, “pobre Sr. Edward”, he dicho entre sollozos, y entonces ella ha salido de la cocina algo airada. Después sólo he escuchado el portazo. Juzguen ustedes la historia, y ya me dirán si es para reaccionar así.
Resulta que en la antigua casa de mis padres había un señor que tenía un cocodrilo, no uno de esos grandes, sino una cría que se encontró en un vertedero y la adoptó por compasión y amor hacia los animales. También tenía muchos gatos y algún perro, pero esos no cuentan porque todos teníamos ese tipo de mascotas y no suelen hacer gran cosa. El que despertaba la curiosidad de todos los niños era el Sr. Edward.
Lo recuerdo con sus andares lentos y prehistóricos que de repente se transformaban en giros rápidos cuando nos tenía a la vista. Cómo nos gustaba jugar a esquivar sus mordiscos, todos reíamos divertidos y algo nerviosos también. Su dueño, el Sr. Adams, era un tipo encantador, de esos de pocas palabras, que no decía nada por no molestar; él también reía nervioso al vernos jugar.
El caso es que un día se me ocurrió un juego nuevo; yo siempre he sido muy creativo. Consistía en acercar la mano a Edward y el ganador sería el que más se aproximara a él, aguantando por supuesto todo el tiempo que fuera posible antes de retirarla. Menuda sorpresa nos llevamos, resistió más el que menos esperábamos. Peter, un niño que nunca nos ganaba en nada, y ese día se convirtió en un campeón de campeones.
El Sr. Edward y él salieron en todos los periódicos. Hubo uno en el que publicaron dibujos que no le hacían justicia a nuestro amigo, eran horrendos, se le veía enorme, con cara de bestia y entre los dientes se veía el bracito de Peter… El pobre Sr. Edward tuvo que marcharse con su dueño a otro país, eso dijeron mis padres. Se fue un sábado por la mañana, lo recuerdo como si fuera hoy mismo… No pude despedirme de él como hubiera querido, sólo me permitieron decirle adiós a través del cristal del coche. Giró su cabeza cuando golpeé la ventanilla, y puedo asegurar que le vi llorar.

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