El día
que desaparecimos, la tía Adela cumplía 98 años. Pese a su delicada salud,
sopló con fuerza las dos velas que representaban su aniversario. Animada por
nuestros padres, respiró hondo y creemos que pensó con vehemencia el que pudo
ser uno de sus últimos deseos.
Nunca
llevó bien nuestros juegos en la hora de la siesta, tampoco daba abrazos y
besos, como suelen hacer otras personas ancianas. Todos sentíamos que los niños
no eran bien recibidos en su casa, donde reinaba el orden entre diminutas
figuras de porcelana. Por eso, cuando la tía Adela nos miró fijamente, al
tiempo que apagaba las velas, me temí lo peor.
Mis
primos y yo salimos del comedor con un plato repleto de tarta de crema tostada y como en años anteriores nos apresuramos a vaciarlos en el cuenco
donde comía su perro. Al que si abrazaba y besaba en el morro. Después nos
sentimos ligeros, felices, con una sensación nueva, como de estar en otra
dimensión.
Escuchamos
nuestros nombres varias veces. Supongo que nos buscarían por todas las
habitaciones, mirando debajo de las camas, dentro de los armarios… Fue ella
quien nos encontró. Estábamos dentro de su baúl, donde guardaba sus secretos y
la piel de zorro que tanto miedo nos daba. Lo abrió y nos miró. Ahí estábamos
los cinco, desintegrados. Pululando nerviosos, deseando mostrar a nuestros
padres que la tía Adela nos había convertido en polvo de hadas, pero ella
sonrío y cerró la tapa.
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Fotografía de Sofía
Autora: Ana Pascual.
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